lunes, 9 de marzo de 2015

POÉTICA DE LA INTERPRETACIÓN .

Un interesante artículo acerca de la interpretación en psicoanálisis.

En Carta psicoanalítica(cartapsi.org)

Poética de la interpretación.

Miércoles 14 de abril de 2010por Rosario Herrera Guido

¿Ser inspirado eventualmente por algo del orden de la poesía para intervenir en tanto que psicoanalista? Es esto, en efecto, hacia lo que tienen que volverse (...) No es del lado de la lógica articulada aunque me deslice en ocasiones hacia ella donde ha de sentirse el alcance de nuestro decir...
Jacques Lacan, "Vers un significant nouveau", Ornicar? 17-18, 1977


1. La experiencia poética del psicoanálisis.

En este ensayo retomo la transformación del algoritmo de Ferdinand de Saussure que realiza Lacan, al proponer que la primacía del significante produce el significado que se desliza bajo la barra de la represión, para asumir una hipótesis de trabajo fundamental: que es la ambigüedad poética del lenguaje la causa de lo inconsciente estructurado como una poética, a partir principalmente de las figuras lenguajeras de Freud, a las que recurre la conciencia moral para implementar la censura, a saber: la condensación (Verdichtung=poesía: metáfora según Jakobson-Lacan) y el desplazamiento (Verschiebung=metonimia para Jakobson-Lacan). De lo que se colige que la interpretación psicoanalítica es una formación de lo inconsciente, al lado del sueño, el lapsus, el chiste y el síntoma, que más allá de pretender la búsqueda del sentido (como las psicoterapias "psicoanalíticas" o la hermenéutica), abre la dimensión del sin-sentido, para bordear el goce imposible de decirse, a fin de que el analizante interprete poéticamente lo que ha escuchado en el dicho del analista. En consecuencia, que la interpretación es más una trascripción poética del decir del analizante. 

Asimismo, que si el inconsciente estructurado como una poética se actualiza en relación con el Otro del discurso, en dependencia del goce del cuerpo que se produce y escapa en el decir, la poética del inconsciente y su interpretación sólo indica por medio del enigma el lugar del objeto innombrable que es causa del deseo y anima la estructura discursiva por la que el sujeto se historiza. Una posición que asume una poiesis a través de la que el sujeto puede identificarse con la causa de su deseo, y por la insistencia de ese deseo, abrir la consonancia poética del decir con el goce: Una (po)ética centrada en el (mal)decir, la (mal)dicción, que deviene un (bien)decir de un sujeto que actúa de acuerdo con el deseo que lo habita. Y donde el analista no es el sujeto de un saber superior al del analizante que lo coloque en el lugar de la verdad, sino que se borra como sujeto y se supedita a la función del deseo del analista: no desear nada para que aflore el deseo en el analizante e introducir la diferencia radical. Una posición (po)ética que se inscribe en el retorno de Lacan a Freud.

 Una de las desafortunadas interpretaciones del pensamiento hermenéutico, desde que Freud incursiona en la interpretación de lo inconsciente, es equipararla a la comprensión, la formación humana y el diálogo, como Ricoeur, Beuchot, Habermas y Gadamer, situándose al nivel del significado del texto, para acceder a una cierta significación en el marco del horizonte de la teoría psicoanalítica. Sin embargo, en psicoanálisis (me limito al retorno de Lacan a Freud) se interpreta o descifra, teniendo en cuenta lo que se escucha que se escribe de significante (que me permite proponer una dimensión poética del psicoanálisis). Se trata de una lectura que, como advierte Freud, hay que hacer al pie de la letra, no debajo ni atrás o más allá de lo que hay en el discurso del analizante.  Unos versos que muestran que se puede leer otra cosa en lo mismo que se dice los canta Villaurrutia: Mi voz que madura / mi bosque madura / mi voz quemadura. Otro malentendido, que proviene de quedarse en Freud, se refiere a la confusión entre psicoanálisis y psicoterapia. Pero el psicoanálisis, lo advierte Freud, no tiene la finalidad de curar, sino la articulación del deseo del analizante. Freud nunca habló de su labor en términos de hermenéutica. Y Lacan sólo se refiere siete veces a la hermenéutica, para advertir la diferencia entre ambos discursos. Aunque me parece que las conclusiones de los hermeneutas son entendibles, no sólo porque no han sido analizantes ni analistas, sino porque se han quedado al margen de las innovaciones que tanto Freud como Lacan hicieron en la teoría y la experiencia psicoanalítica, además de que considerarlas pone entre paréntesis la supuesta universalidad de la hermenéutica.

 La clínica psicoanalítica nace con la escucha de los discursos del Otro, del deseo reprimido que retorna en las formaciones del inconsciente (sueño, lapsus, chiste y síntoma). Es una clínica atenta al trastabillar del discurso, que sostiene la estructura del análisis, donde el sujeto demanda alivio a una desgarradura subjetiva de la que desconoce su causa. Una clínica que nace del pedido de un sujeto efecto de su síntoma, que se dirige a un Sujeto-Supuesto-Saber (el analista) a quien supone que lo sabe a él, lo que a su vez produce un saber, que es confrontado con el desafío de su síntoma, del objeto desconocido que es causa de su deseo. La verdad del discurso analítico es el saber, que por cuestionar sus fundamentos es un saber de la estructura en falta: la relación sexual no existe (fundamento y causa del discurso analítico, axioma del psicoanálisis). 

Todo lo que está escrito, enseña Lacan, surge de una falla en la sexualidad. El análisis parte de la estructura del sujeto que se dirige a un Amo al que le supone el saber de lo que a él le sucede, al Sujeto-Supuesto-Saber, pero que se encuentra con la respuesta de alguien que sabe que no sabe, y por eso calla, para permitir que la verdad se manifieste poéticamente en lo que se escribe de significante. No olvidemos que Heidegger, sin ser analista, recomendaba callar, no porque se esté mudo o no se tenga nada que decir, sino porque algo de la verdad va a surgir poéticamente en el texto. El analista espera ("es el verdadero paciente") a que la verdad se manifieste, puntúa, subraya, cita, escucha o acentúa la emergencia de esa verdad, dando lugar a que el sujeto del inconsciente se transforme al final del análisis en discurso que emana desde la causa del deseo.

 En el discurso preconsciente están los significados, representaciones imaginarias que confirman recíprocamente la imagen del yo (del terapeuta al paciente y viceversa). Este es el campo de los significados y de la especularidad, el campo de la psicología y la psicoterapia, donde el otro, colocado en el lugar del amo saber le da significados a las formaciones del inconsciente. Es en este nivel en el que se encuentra el discurso que pretende asimilar el psicoanálisis a la hermenéutica, reducirlo a la comprensión del significado del texto escrito u oral. Pero Freud, al descubrir que más allá de las intenciones del sujeto y de las ratificaciones imaginarias en relación con otro, el sujeto dice algo diferente de lo que cree decir, y a eso no-sabido de su discurso, lo bautiza con el nombre de inconsciente

Entonces sobre el plano del enunciado está el de la enunciación, que corre paralelo al del enunciado, pero sin que el sujeto lo sepa; es el plano de la enunciación que parte de un sujeto anterior a la palabra, que es el sujeto del goce [1] , y que tiene como punto de llegada a un sujeto que es efecto de la enunciación, el sujeto de la castración, dividido entre el enunciado y la enunciación, entre el decir y el dicho. El sujeto está, sin saberlo, dividido con respecto a su propia demanda: que el Otro lo ame; demanda de reconocimiento de su existencia; que divide al sujeto del inconsciente, separado de su demanda inconsciente. Demanda al Otro para que suture la falla subjetiva: "Dime la palabra que me colme". Pero el Otro no tiene el significante de lo que el sujeto le pide, pues está en falta, que se inscribe como significante de la falta en el Otro, a causa de su castración, al acceso a la ley y la significación fálica, a su separación del goce. Lo que el Otro da es el objeto que viene a satisfacer la necesidad, pero a insatisfacer la pulsión (que es demanda de algo más). 

La diferencia que hay entre lo que el Otro puede dar y lo demandado constituye un resto que es el deseo, que es lo que no puede ser respondido de la demanda. El deseo pasa por la demanda y tropieza con la falta en el Otro de un significante, que confronta al sujeto con el vacío cavado por su propia demanda, imposible de satisfacer. El sujeto, frente a su propia disolución e imposibilidad de su deseo, responde con una formación imaginaria (el fantasma), un más allá del deseo, el goce. De conformidad con el principio del placer, entre el significante de la falta en el Otro y el significado que el Otro le confiere al decir, está el fantasma, una relación de conjunción y disyunción que mantiene el sujeto del inconsciente con respecto al objeto causa de su deseo.

 El psicoanálisis reconoce la subjetividad, pero que no es trascendente ni psicológica, instalada en un individuo que es dueño de un psiquismo. El psicoanálisis trata con la subjetividad pero comprendida en una dialéctica con el Otro. No es un sujeto psicológico, dueño de atributos sino efecto poético del significante anterior a él y exterior a él, que le antecede, lo constituye y lo confirma. El inconsciente está estructurado como cadena significante, pues un significante es lo que representa al sujeto ante otro significante. El sujeto del inconsciente es el resultado de la articulación significante y de las formaciones del inconsciente. La clínica psicoanalítica se funda en la demanda a la que el psicoanalista no responde. El analista pide asociaciones en torno a ella, la interpreta con equívocos y enigmas oraculares, la transcribe poéticamente.

 La clínica psicoanalítica está fundada en lo inconsciente, que no es colectivo sino singular, y que se define por la ausencia del sujeto en un saber que no comprende; la lengua es colectiva lo inconsciente descolectiviza la lengua común. Se trata de una clínica que tiene objetivos éticos, pues sus fines de oponen al discurso del poder, ya que no son la adaptación ni el bienestar, ideales del amo que se preocupa por el bien del esclavo. El fin de esta clínica es la articulación poética del deseo del sujeto, que confrontado con su deseo debe configurarse como yo a esa relación con el deseo. Por ello el mandamiento freudiano: Donde Ello estaba, deberá yo llegar a estar; y es que el yo debe asumirse con relación a ese deseo, que no hay que confundir con el capricho o la perversión. Más allá del principio del placer, se trata de confrontar al sujeto con el significante del goce, como imposible.

2. Poiesis de la interpretación.

La clínica psicoanalítica trabaja con la estructura poética del lenguaje que constituye al sujeto. El analista puntúa, pregunta, cita, escande poéticamente el decir del analizante, transcribe, descifra y eventualmente interpreta. La interpretación es un decir sorpresivo que cae en el curso de una sesión analítica, y que permite (re)significar la situación analítica en su conjunto, como una transformación gracias a un más allá de la comunicación. Hablar de interpretación implica hablar del corte poético instaurado en la cadena significante, considerando que los significados se producen gracias a este corte, por la aparición de esta interpretación como vocablo, como interjección, que hace aparecer un sentido inesperado en la cadena significante. Un corte en el discurso que puede ser también el término de una sesión, momento en que el analista profiere un decir equívoco, una palabra enigmática y corta al analizante, considerando que una palabra enigmática puede ser el silencio, que lleva al analizante a plantearse la interpretación poética del sentido de su decir.
Pero con la interpretación hay que tener mucho cuidado. Lo advierte Miller:
"No se olviden que es la religión la que nos enseña la interpretación (...) Se observa actualmente en los psicoanalistas, los latinos al menos, una valoración de la interpretación como significativa. Por esta vía, el psicoanálisis cae en el delirio de interpretación. Hay una fe ingenua en el inconsciente que es enteramente paranoica. Ya conocen la antigua definición de Lacan del psicoanálisis como paranoia dirigida... Por eso mismo, el doctor Lacan recomienda las entrevistas preliminares al entrar en psicoanálisis. El dispositivo analítico, dispositivo de interpretación, es muy favorable a la eclosión de la psicosis. Lo que en la clínica psiquiátrica se denomina automatismo mental, ¿qué otra cosa es si no el sujeto supuesto al saber, el supuesto sujeto que sabe todo lo que yo pienso? (...) La función de la interpretación, evidentemente, encuentra su lugar en la estructura que hace del lenguaje el lenguaje del Otro, ya que es el oyente el que decide sobre la significación de lo que se emite.Cuando Lacan hace hincapié en este punto no vacila en decir que el analista es el amo de la verdad. Es una fórmula de 1953, que no retoma luego, pero que explica que la interpretación pueda efectivamente reducirse a una puntuación, a una simple escansión". [2]

Por ello, la interpretación psicoanalítica no debe pretender restituir la continuidad y la coherencia del discurso. No se trata de dar un verdadero sentido a la palabra del analizante, sino de abrir la dispersión poética del significante, la polisemia, las resonancias semánticas de la palabra, el albur, el ingenio, la gracia, el Witzfreudiano, la sorpresa, que despierta lo inconsciente. A través de la interpretación el analista no articula un saber que se supone que se encuentra en las asociaciones libres del analizante.

 Para delimitar la interpretación psicoanalítica, nada mejor que exponer las intervenciones anti-analíticas. Desde el Discurso del Amo, el terapeuta (y hasta el psicoanalista "lacaniano"), le impone su verdad al analizante a través de una intervención perversa, que hace del otro un esclavo, desde el yo y con una voz de mando (incluso a gritos), como en la sugestión de Charcot o la del líder de las masas políticas, para que el paciente se someta y se identifique con el terapeuta y lo coloque en el lugar del amo, ideal del yo, con el que debe comparar todo lo que hace y es. Desde el Discurso Universitario, el psicoterapeuta interviene con un saber que transmite, como un maestro que desde el lugar del saber se dirige a un objeto, como lugar de una falta que va a ser obturada con la coherencia: "esto que te pasa quiere decir tal cosa...", "eso aclara la angustia" (dice también el "lacaniano", apelando a la teoría psicoanalítica: "yo estoy habitado por un saber que me permito transmitir para dar coherencia a lo que tú no sabes". Esta interpretación-comprensión es hecha por alguien "que sabe", que podría tratarse de un psicólogo o hermeneuta disfrazado de analista. Se trata de una intervención comparable a la que hace el yo cuando interviene en el discurso manifiesto del sueño a través de la elaboración secundaria, que rellena las lagunas del relato dándole coherencia al sueño. El terapeuta también puede intervenir con el Discurso de la Histeria, como sujeto tachado, como otro neurótico ante el analizante, que deja ver sus sentimientos, monta en cólera ante la impotencia de dominar los síntomas, exhibe sus proyecciones, sus impulsos, a través de reconocer que están en él o en el paciente; esta es la forma en que funciona la práctica de la "Interpretación de la transferencia", bajo el supuesto de que ambos son iguales (por eso el tuteo, también en el "lacanismo"), convirtiendo el "análisis" en una "reeducación emocional", en la que el paciente debe verse reflejado como en un espejo en su terapeuta, con el propósito de corregir la imagen especular de sí mismo, y donde el discurso del paciente es reducido a un orden imaginario sin salida. El paradigma de este espejismo es la técnica de la escuela kleiniana, que podría estar presente hasta en la práctica "lacanismo". Estas tres formas de interpretación comparten el "análisis de las resistencias", bajo el supuesto de que el paciente se resiste a los esfuerzos del analista, por maldad, y que el analista tiene que corregir a través de "una alianza terapéutica"; la transferencia no sólo determina la entrada en análisis y es su motor, sino que ella conspira contra la parte sana del paciente, por lo que hay que reducir la transferencia con interpretaciones que refuercen la parte sana (identificada con el esfuerzo del analista); una técnica megalómana, pues el analista sabe el "bien del paciente". Desde el Discurso del Analista, éste se coloca en el lugar del objeto causa del deseo (objeto a), lugar de una falta, para que el analizante pueda preguntarse por el deseo del analista, que con su silencio y sus cortes moviliza el análisis, y a partir de ello el analizante llegue a preguntarse por el deseo del Otro, como deseante, sujeto de la falta, puesto que no sólo carece de un significante que complete la cadena sino del significante del ser del analizante. Un discurso en el que el analista no interviene desde un lugar de completud o de saber, porque es sujeto del deseo, aunque el saber sea la causa de su acción, pues sabe que debe callar e intervenir en el momento menos esperado, posibilitando la resignificación retroactiva de la sesión. El analista necesita saber e ignorar lo que sabe, para permitir que el analizante produzca los significantes que regulan su acción, y pueda llegar, reconociendo la palabra originaria que lo marcó en la cuna (rasgo unario), a la falta en el Otro, y al lugar en que como sujeto ocupa en la castración y la falta del Otro.

No obstante, ha cundido como una epidemia, la estandarización de "la técnica psicoanalítica". A pesar de que al mismo Freud no le gustaba hablar de técnica. Cuando escribe unos artículos sobre la técnica del psicoanálisis, les llama "Pequeños escritos sobre la neurosis", para que nadie crea que en esos textos va a aprender La Técnica del Psicoanálisis. Fueron sus editores los que les pusieron el nombre de "Escritos sobre técnica analítica". Pero desde el retorno de Lacan a Freud, considero que la tejné-poiesis del psicoanálisis es una creación-producción que muere en el momento mismo en que nace, como la poética de Aristóteles que se funda contra toda taxativa futura. Freud escribe esos textos de técnica psicoanalítica, con mucha precaución y no sin temor de que se tomen por clisés. Freud aclara que lo que ahí expone sólo le ha resultado útil para su propia persona. [3]

La Asociación Internacional de Psicoanálisis se encargó de institucionalizar y controlar políticamente una supuesta técnica psicoanalítica, para que los analistas, ante la singularidad y el desafío de cada sujeto, no sabiendo cómo hacersupieran hacer como, obedeciendo un patrón. Y todo el que no siguiera ese patrón era (y sigue siendo) tachado de hereje. Una excomunión que le toca vivir a Lacan a fines de los 40 y principios de los 50 en París, por introducir variables poéticas con respecto a la escucha y al tiempo de la sesión, que no se justifica ni por el tiempo cronológico ni por la costumbre, sino por lo que sucede en la sesión misma, y en función del tiempo en el que se escucha poéticamente lo que se escribe de significante, el tiempo de la retroacción significante, el instante en que se produce un efecto que descoloca al sujeto respecto de su decir, el instante mismo de concluir, en el que el sujeto sale de la sesión con un enigma oracular a cuestas, que le impele a interpretar el decir del analista, su silencio, su propio decir escandido por el analista, etc. Por ello, la interpretación analítica puede ser considerada falsa, puesto que hace falsear al sujeto. Esperar el tiempo del reloj corre el riesgo de que el sujeto se reponga y se cierre lo inconsciente que se había abierto. Si el inconsciente se ha dormido hay que despertarlo. Es el corte del significante el que despierta al inconsciente, el mismo que despertó a la Asociación Internacional de Psicoanálisis y no la ha dejado dormir. Y es que la neurosis obsesiva internacional se ha instalado para defenderse de lo inconsciente para que nada pase.

Pero no se trata ahora de caer en el lacanismo, en una nueva ritualización, en un hacer como Lacan. Se trata de no dormirse, y para ello está la función ética (el deseo del analista), que es poner a trabajar al inconsciente, lo que exige del analista el rechazo a la razón técnica, al discurso del amo y al confort. La ritualización del análisis no sólo se realiza a través del standard del tiempo sino de las intervenciones del tipo clisé, que son previsibles y no despiertan sino que hacen roncar al inconsciente.

 A la concepción del análisis obsesivo y burocrático, Lacan le opone la interpretación que tiene efecto de sorpresa, que cae bruscamente como un decir enigmático y oracular, [4] que no cierra el inconsciente aportando el significado que falta y la comprensión del sin-sentido (como ciertas hermenéuticas). La palabra del analista debe ser un acicate, no un somnífero. La intervención del analista no tiene la función de hacer consciente todo lo inconsciente hasta obturar la falla subjetiva. En lugar de resolver todas las preguntas del sujeto, el análisis es la experiencia del no-saber, de la falta y la verdad a medias. Ciertamente la intervención oracular incomoda al sujeto, pues tiene que preguntarse ¿Qué dijo? La intervención del analista debe ser inesperada, como un lapsus, que como cae en medio de la frase, el sujeto no puede escuchar al analista porque está escuchándose a sí mismo, donde la palabra cae de canto, cortando poéticamente el discurso. Y el que escucha tal oráculo se ve impelido a interpretar lo que se quiso decir; la interpretación en realidad la hace el analizante. Toda intervención que apunte al sentido de los significados, desde la filología, el contexto histórico, la tradición o el medio cultural, que trabaja con significados, es una interpretación imaginaria. La función del analista es articular el saber que está en las asociaciones del sujeto.

 La escansión del discurso y los significantes, la cita que se extrae de otro momento del análisis, la metáfora, la metonimia, el quiasmo, son diversas formas de intervenir en análisis. Una intervención analítica privilegiada es el silencio. Puede haber un silencio de cortesía: se escucha porque el analizante está hablando. Hay un silencio que confronta e interroga; el analizante hace una pregunta y el analista calla, lo que lo lleva a la cuestión: ¿Por qué pregunto esto? ¿Por qué espero que éste me conteste? Hay un silencio denso, en el que el analizante calla y el analista también. Hay otro silencio que es de elaboración. Hay otro silencio que puede ser heideggeriano; se guarda silencio no porque no haya nada qué decir o porque se esté mudo, sino porque hay que esperar que algo de la verdad venga a develarse (Aletheia) en el discurso (Logos). Hay también un silencio que es sabio, en que el analista calla porque cualquier cosa que diga puede ser una verdadera tontería. Si el analista, frente a las anécdotas del analizante dice algo, se compromete con los significados de éste, indicando que ha comprendido, y que se compromete con las identificaciones imaginarias, sancionando que las cosas son como el analizante las cuenta, o que se tiene una actitud diferente frente a esas cosas, lo que sería reducir el análisis al registro imaginario. Como Wittgenstein: ante lo que no se puede hablar más vale callar.

 Lacan llega a plantear que la interpretación litiga lo falso, pues le hace percibir al analizante que su ser se encuentra en la falla de su decir, además de que hace resonar lo que no es significante sino lo real del goce. Donde reina el medio-decir de la verdad sólo se puede responder con el equívoco homofónico y gramatical que apunta a subrayar la enunciación del sujeto y lo que ex-siste en sus dichos. Por ello, la interpretación permite que se desprendan los significantes insensatos apresados en el síntoma.


3. La poética de la interpretación, como lo imposible de saber.

A fin de ahondar en la interpretación voy a abordar el texto "El decir del analista" [5]  de Collete Soler, un ensayo basado en El atolondradicho [6] de Lacan. Es Lacan quien hace de la interpretación un acto analítico, en tanto que produce efectos estructurales reales. En los albores del psicoanálisis la interpretación está a nivel de los efectos de significación; una interpretación adecuada no es la que aprueba el analizante sino la que produce nuevas asociaciones, o la que produce -según Lacan- a partir de la movilización de los significantes, nuevos efectos de significación; la interpretación impulsa el análisis pero no se sabe cómo ponerle fin. Por ello cuando Lacan habla de interpretación no sólo se refiere al empuje del análisis sino al efecto real que produzca un cambio del ser hablante, un sujeto asegurado de saber. [7] Mientras al principio del análisis está el sujeto-supuesto-saber, al final del análisis se suprimen los supuestos para dar paso a la certeza. 

 Después de distinguir el enunciado de la enunciación en el campo del lenguaje, Lacan introduce la diferencia entre el decir y los dichos, que no sólo se refiere al lenguaje sino a la estructura del discurso. De acuerdo con la distinción enunciado-enunciación, la interpretación trataba de revelar la enunciación de los enunciados. En principio no hay dichos sin alguien que los diga; toda proposición es dicha. Pero el decir es heterogéneo al dicho pues es ajeno al problema de la verdad. De cualquier frase se puede preguntar si es verdadera, falsa o ambas cosas. También se puede preguntar por qué lo dice en lugar de callarse, que apunta al acto del decir, a la causa de la proposición, que es independiente de la verdad o falsedad. Y es que la regla analítica de que el sujeto diga todo lo que se le ocurre, suspende el valor de lo que se dice, la verdad; el analizante suspende la aserción de sus freses al autorizarse a hablar de cualquier cosa; el inconsciente es siempre un tal vez. Pero la suspensión de la pregunta por la verdad destaca que la proposición haya sido dicha. Se pueden poner en duda las frases pero no el decir. En la experiencia la diferencia y autonomía del decir con respecto a los dichos, se presenta en forma de sorpresa. El sujeto es sorprendido por su decir, sea verdadero o falso. Por lo que el decir no cae bajo la jurisdicción de la verdad como opuesta a la falsedad. Entonces el decir escapa a los dichos y su enunciación esmomento de existencia. Cuando Lacan se pregunta por el significado del decir se tiene que dirigir al significante. A lo que responde que el significado del decir es la ex-sistencia (ex=afuera; sistir=sitio). Así presenta la diferencia entre los dichos que representan al sujeto y cuyo significado es el sujeto a todos los dichos, y el decir que tiene un significado de ex-sistencia, distinto de los dichos. Lo que significa que el decir existe a todos los dichos. Para sostener que todo fue dicho es necesario que haya habido un decir; un análisis llega a su fin cuando ya no es olvidado el decir.

 En principio Lacan subraya el olvido del decir en el discurso de la lógica de las proposiciones de Aristóteles, que conduce a la lógica de las funciones proposicionales que Lacan utiliza en El atolondradicho. El primer ejemplo de olvido del decir está en el logos apofánticos de las proposiciones asertivas de Aristóteles. Ciertamente no todo discurso puede ser sometido a la pregunta por la verdad, como el existencial, la orden, la pregunta o la oración que no son apofánticos (asertivos). Lacan destaca que las proposiciones asertivas de la lógica clásica disimulan el decir. Porque Wittgenstein forcluye el decir para poder cuestionar sólo las proposiciones y muestra el engaño filosófico, es que Lacan se opone a los lógicos que disimulan el impacto mandatario del decir. Esta es una cuestión que no se debe desconocer para poder pensar en la interpretación. Ante la disociación de la gramática de la lógica desde Aristóteles, Lacan toma otra dirección: "La gramática mide ya la fuerza y debilidad de las lógicas que se aíslan de ella". [8] La gramática, a través de sus modos verbales, expresa la posición del sujeto que habla en relación con lo que dice y de lo que significa su frase. Y es que son los modos gramaticales los que permiten diferenciar el decir del dicho.

 Mientras las fórmulas de interpretación son múltiples, la interpretación, en tanto que decir, es siempre singular. Por ello lo importante es el decir y no las interpretaciones. Se puede pensar en la oportunidad de las interpretaciones, en los efectos producidos, en las interpretaciones desapercibidas, que tienen efectos espectaculares sin que el analizante registre la interpretación. Pero antes del valor o la exactitud de la interpretación es necesario que sea una interpretación, que sólo se entiende a partir de la diferencia entre el decir y el dicho. Y es que la interpretación en singular tiene un efecto estructural: hace ex-sistir el decir. Más allá del efecto terapéutico es preciso que se produzca un sujeto asegurado de saber lo imposible. En el análisis hay dos tipos de decires: el del analizante que demanda y el del analista que interpreta; ninguno de los dos es un enunciado o una proposición. [9] 

El decir-demanda del analizante se capta en la experiencia de la transferencia, bajo la forma de la queja, la decepción, la nostalgia, en la que el sujeto hace una petición silenciosa y deja escuchar el peso del decir de todos los dichos del analizanteUna demanda que no es universalizable pues es de cada cual, que se manifiesta como exigencia de satisfacción, en la que insiste el deseo y la repetición de lo que se pide: demanda a interpretar. La interpretación del analista es apofántica, asertiva, reveladora, hace aparecer con el equívoco de escritura el obstáculo respecto al ser; un decir en el que el analista -como Wittgenstein, dice Lacan- se elimina como sujeto de su discurso. La interpretación es decir apofántico que no deja lugar a la duda y se dirige al decir del analizante, exclusivamente a él. La interpretación es asertiva, acierta, es una afirmación categórica, aunque no es una proposición. La interpretación compensa la suspensión de la aserción de la asociación libre. El análisis debe conectar la afirmación del analista con la indeterminación de la asociación libre, para extraer del decir del analizante una proposición. Pero esta afirmación categórica no es el dictado de los mandamientos del amo. Muy temprano Lacan habla de la puntuación, como punto de almohadillado que señala un momento significativo que puede cristalizar una significación. A diferencia del corte, que al separar los significantes interrumpe la cadena pero impide el cierre, produciendo una perplejidad alejada de la certidumbre, introduciendo el sin-sentido que exige del analizante la interpretación.

Otro tipo de intervención que gesta perplejidad es el enigma, que es un enunciado sin mensaje, el colmo del sentido sin significación, que apunta a la presencia pura de la enunciación. El común denominador de las diversas interpretaciones es que son intervenciones o dichos que no dicen nada, en el sentido mismo de la proposición asertiva. Son enunciaciones que presentifican la inconsistencia del Otro (el orden simbólico). Pero no hay que olvidar la diferencia entre "no decir nada" y "decir nada", pues es este último decir silencioso el que introduce la castración y falta de goce. Lo importante en el análisis es que el silencio funcione como un significante en lo real, a fin de que produzca una significación enigmática, y que el analizante sea conducido a tratar de interpretarlo de muchas maneras, según sus fantasías poéticas. La función del silencio en análisis introduce el imperativo de "decir más".

 Un instrumento privilegiado del análisis es el equívoco, pues utiliza la plurivocidad poética de la lengua, permitiendo el pasaje de la indeterminación a la certidumbre. El equívoco, que parece sostener la duda, posibilita un decir que le pone punto final al enigma subjetivo del analizante. El equívoco sustituye la falta de relación sexual en el inconsciente; asegura la cópula entre los significantes y sustituye la falta de relación sexual. El gran descubrimiento de Freud es que la equivocidad del lenguaje opera en todas las formaciones del inconsciente (sueño, lapsus, chiste y síntoma). El equívoco aprovecha la homofonía poética, no a nivel del lenguaje sino de la lengua. [10] 

El equívoco le presentifica al analizante, al margen de sus intenciones, que no es hablante sino hablado, porque heideggerianamente El habla, habla (lo que abre la dimensión poética del psicoanálisis), pues hace tambalear la consistencia de las significaciones, en tanto que es un decir que no dice nada y que por ello produce la división del sujeto, entre su intención de significación y un saber del que se encuentra separado. El equívoco presentifica que en el lugar de la verdad a la que el sujeto tiende hay significantes sin sujeto, que nacen en la lengua y que tienen un efecto de revelación. Existe un segundo equívoco que no se dirige a la polisemia de la lengua sino a la gramática, que como está en el nivel del lenguaje limita el equívoco. 

La gramática constituye el lenguaje del sujeto, su lenguaje. La gramática, al fijar las significaciones, reduce la polisemia. La gramática está conectada al fantasma, porque fija las significaciones particulares del sujeto. Por ello Freud -dice Lacan- les hacía repasar a sus pacientes su lección de gramática. El lenguaje no es universal; cada cual tiene el suyo. Y es que las significaciones giran en torno a una significación fantasmática del lenguaje de cada uno que no es universalizable. Algo que los posfreudianos (también los hermeneutas) interpretaron como que el analista inyecta su propia lección. Pero la respuesta es anterior a la pregunta, puesto que el saber ya está en lo inconsciente. Ciertamente el analizante le demanda un saber al analista, pero con su silencio el analista le responde que lo que tiene que hacer es hablar, pues la lección ya está inscripta, que el texto no va a ser el del analista, aunque provenga del Otro. Lo que hay del lado del analista es el silencio del decir. La interpretación dice: no te lo hago decir. La intervención del analista es un decir nada, puesto que no introduce un significante nuevo sino un equívoco de doble sentido. De lo que se colige que las intervenciones del analista no deben ser ni filológicas ni pedagógicas, sino lógicas y poéticas, a fin de que el analizante reflexione, interprete y saque sus conclusiones de lo que le pasa. La intervención del analista apunta a la conjunción-disyunción entre los dichos y su causa. Hay un tercer equívoco que es el lógico-poético y que se relaciona con el goce sexual o más bien a-sexual, que indica que la repetición de la demanda hace inalcanzable la relación sexual. La interpretación sin la lógica-poética sería insensata, pues desconocería la incompletud, la inconsistencia del orden simbólico, es decir lo real de lo simbólico.

El primer equívoco, a nivel de la lengua, apunta a la división del sujeto y a la presencia de un saber poético sin sujeto que determina su goce. El segundo, a nivel del lenguaje, revela que la consistencia del lenguaje, de la fijación de sus significaciones gracias a la gramática, implica una causa desapercibida. El tercero, a nivel de la lógica, señala los vacíos lógicos del discurso que valen como reales. No se puede decir cualquier cosa, puesto que hay un saber que labora solo, una consistencia fantasmática con causa y una inconsistencia lógico-poética sin remisión. La interpretación apofántica (asertiva) apunta a los diversos niveles de imposibilidad del discurso, sin enunciarlos. La interpretación analítica, sin predicar ni ser una proposición, pone en su lugar a la función proposicional, a la función fálica que suple el sin-sentido de la relación sexual. La interpretación es una respuesta que marca los tres modos de lo imposible. La interpretación se dirige a la causa del deseo, al objeto causa del deseo (a), pero no como un saber del goce sino como un saber imposible. Por ello al fin del análisis el sujeto está asegurado de saber, seguro de los límites del saber que lo condenan a ser uno solo, pues hay el dos de la relación sexual. El análisis implica la travesía del fantasma (que es respuesta ante la falta) y el beneficio del saber, lo que no asegura el saber sobre el fantasma fundamental (afectado por la represión primaria), sino la falta en la estructura. Entonces lo apofántico de la interpretación se dirige a lo imposible de saber.

 La interpretación analítica no da sentido sino que reduce los significantes a su sin-sentido para ubicar las determinaciones del sujeto. La interpretación también interviene para invertir la producción de sentido (en la que el significante produce significado), de tal modo que puede intervenir a nivel del significado para generar significantes irreductibles que no signifiquen nada (única forma de disolver el síntoma, que es el abrochamiento de un significante a un significado). No se trata pues de hacer concordar el discurso del analizante con la teoría psicoanalítica, sino de deconstruir todas las teorías de la interpretación, de forma que en lugar de una técnica se geste una tejné-poiesis. Así, el analista en lugar de darle un nuevo mensaje al analizante, debe hacer posible que el analizante escuche su propio mensaje inconsciente. Porque la interpretación posibilita que el analizante escuche su propio mensaje en forma invertida, acorde con la inversión de Lacan a la moderna teoría de la comunicación.

Después de esbozar una poética de la interpretación psicoanalítica resulta más comprensible la distancia que Lacan marca entre el psicoanálisis y la hermenéutica. De entrada hay que evitar el malentendido de que el psicoanálisis es un método de investigación, ya que es un pretexto para muchas cosas, por lo que no es de fiar. Por ello Lacan no se considera un investigador; evocando a Piccaso, dice: Yo no busco, encuentro. Y es que existe un parecido entre la investigación que busca y el registro religioso, pues lo encontrado está siempre detrás, como olvidado o escondido, lo que hace de la investigación una actividad complaciente. Si la investigación le interesa al psicoanálisis es en relación al debate sobre las ciencias humanas, ya que tras los pasos del que encuentra está la reivindicación de la hermenéutica, que es la que investiga y busca la significación nueva e inagotable, aunque amenazada por el que la encuentra. Si a los analistas les interesa la hermenéutica -sostiene Lacan- es porque la búsqueda de la significación que propone es confundida con lo que el psicoanálisis llama interpretación. La interpretación psicoanalítica no debe confundirse con la interpretación hermenéutica, aunque ésta siga sacando provecho del psicoanálisis. [11]  

 En Respuestas a unos estudiantes de filosofía sobre el objeto del psicoanálisis, Lacan señala que el sujeto del inconsciente es el ser del hombre que es hablado, que el psicoanálisis rechaza todas las ideas del hombre que se han vertido (que ya no valían antes de su nacimiento) y que el objeto del psicoanálisis no es el hombre sino lo que le falta, un objeto. Asimismo, subraya que la unidad de las ciencias humanas debe reconocer sus límites. Lacan se refiere a las pretensiones de universalidad de la hermenéutica:
"Nos hace sonreír por cierto uso de la interpretación, como jugada tramposa de la comprensión. Una interpretación de la que se comprenden los efectos no es una interpretación psicoanalítica. Basta para saberlo haber sido analizado o ser analista. Es por ello que el psicoanálisis como ciencia será estructuralista hasta el punto de reconocer en la ciencia un rechazo del sujeto". [12]    

 Por último, la poética de la interpretación, cuyo correlato es la interpretación poética, a partir del retorno de Lacan a Freud, pretende destacar que existe una dimensión poética del psicoanálisis, que no reduce el psicoanálisis a una poética, ni supone que los analistas y los analizantes son poetas, aunque podrían serlo, sino que ambas experiencias beben en la misma fuente. Recordemos que tanto Freud como Lacan aspiraron a elevar el psicoanálisis a un rango científico. Freud soñaba con darle un estatuto científico como el de las ciencias naturales y por otro llega a decir que inscribiría el psicoanálisis en launiversitas literarum. Lacan se afanó en darle al psicoanálisis una cientificidad próxima a las ciencias formales, aunque en su última versión afirma que el psicoanálisis no es una ciencia sino un delirio científico.


[1] El goce, anterior a la palabra, se concibe como no habiendo sido exiliado de la naturaleza, o como diría Freud en diversos lugares de su obra: como la entrega al apareamiento en la que viven los animales.
[2] Jacques Alain Miller, "El otro Lacan" en Matemas I, Buenos Aires, Manantial, 1987. p. 112.
[3] Sigmund Freud, "Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico" (1912), op. cit., t. XII, p. 111.
[4] Rosario Herrera, "El Oráculo del Siglo XX", en revista La Nave de los Locos, no. 14, Morelia, Lust, 1989.
[5] Collet Soler, "El decir del analista", Varios Autores, El decir del analista, Buenos Aires, Piados, 1975, pp. 13-48.
[6] Jacques Lacan, "El Atolondradicho", passim.
[7] Ibíd., p. 60.
[8] Ibíd., p. 18.
[9] Ibíd., pp. 59 y 62.
[10] Ibíd., p. 64.
[11] Jacques Lacan, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, op. cit.,  pp. 15-16. 
[12] Jacques Lacan, El objeto del psicoanálisis, Barcelona, Anagrama, 1970, p. 57-58
[4] Rosario Herrera, "El Oráculo del Siglo XX", en revista La Nave de los Locos, no. 14, Morelia, Lust, 1989.
[5] Collet Soler, "El decir del analista", Varios Autores, El decir del analista, Buenos Aires, Piados, 1975, pp. 13-48.
[6] Jacques Lacan, "El Atolondradicho", passim.
[7] Ibíd., p. 60.
[8] Ibíd., p. 18.
[9] Ibíd., pp. 59 y 62.

viernes, 6 de marzo de 2015

DE “LA COMEDIA HUMANA” DE WILLIAM SAROYAN A “PARECE UNA TONTERÍA” DE RAYMOND CARVER.


En la tertulia artístico-literaria que hemos creado con el grupo de compañeros del “Teléfono la Esperanza de Asturias”, este mes nos propusimos leer “La comedia humana” de William Saroyan, obra que me está gustando mucho. Leyendo los primeros capítulos, me sorprendió el eco de otra obra que también  me encanta, el cuento de Raymond Carver en su segunda versión: “Parece una tontería”.

En “La comedia humana” la situación aparentemente tonta que me llevó al cuento de Carver es el saludo que sí obtiene el pequeño Ulysses Marcauley de uno solo de los pasajeros del tren que pasaba por las inmediaciones del jardín de su casa, el negro que cantando le dice: ¡Me voy a casa chico! ¡Me voy al sitio de dónde soy!, frases que  sintetizan según lo entiendo, el tema de que trata la novela, ya que están los que no vuelven de la guerra, no vuelven a su casa en la tierra, pero sí quizás a esa otra casa que a todos nos espera, tierra donde la ardilla que atrae la atención de Ulysses en la primer línea de la historia, hace su madriguera. Elección forzosa de la muerte: “la madre tierra que a todos nos acoge en su seno”, que Freud trabaja magistralmente en “El motivo de la elección del cofre” (1913) a partir de “El mercader de Venecia” y “El rey Lear” del fabuloso Shakespeare.                                                           

Respecto al cuento de Carver, la primera versión se “El baño” y sorprende, dado los cambios que el autor introduce entre ambas versiones del cuento, que justo la primera haya sido la incluida en el libro “De que hablamos cuando hablamos de amor”, pues a partir de ello, en mi se piensa que el autor corrigió la misma para hacer entrar el amor en la historia, que como lo entiendo, estaba más bien ausente en esa primera versión. También el cambio de título permite apreciar claramente el desplazamiento del acento afectivo del autor y del cuento, del episodio del baño a aquello que parece una tontería,  pero no lo es.                                                                            

Este reencuentro me hizo recordar que en alguna oportunidad yo había escrito un comentario acerca de este cuento, el cual desistí de publicar en mi blog en aquellos momentos por motivos que no corresponde explicitar acá y que tampoco tengo del todo claros. Sí puedo decir, que esto que he escrito, y que hoy, pasado ya un tiempo,  decido compartir en mi blog, surgió leyendo a su vez otro libro: “Cuentos para leer en familia” de Jean Grasso Fitzpatrick.
 He aquí el fragmento que dio lugar al “escrito” que presento a continuación.


“Los duendes y las hadas son tan difíciles de ver que, probablemente no crea en su existencia. Muchas veces las personas que más nos han ayudado también son así: apenas tenemos conciencia de lo mucho que significaron para nosotros. En nuestra era de grandes cambios, quizás los hemos conocido solo por poco tiempo”.    
                 
                     

“Parece una tontería” es una de esas historias que abrigan el alma y nos hacen darnos cuenta de cómo  a veces los gestos o  actitudes en apariencia más  simples que precisamente “parecen una tontería”, no solamente no lo son, sino que por el  contrario,  son los que calan más profundamente en nuestra interioridad. Y por ello, pueden llegar a convertirse, valga la redundancia, en el más cálido abrigo para  el alma de alguien que está viviendo circunstancias difíciles.  Y también, para tomar conciencia de que  hay innumerables ocasiones en nuestra vida cotidiana en que sin darnos cuenta, nos hemos encontrado con algún duende o alguna hada que nos ha arropado con sus dones, así como en otras circunstancias, hemos sido nosotros quienes tal vez, también sin darnos cuenta, hemos hecho de hadas o duendes para otros.

El consuelo a veces es brindado “por”, o encontrado en personas aparentemente anodinas, o inclusive en personas que nos pueden producir rechazo, parecer desagradables o con quienes pudimos no haber tenido un buen vínculo en un primer momento, y cuyas vidas se han cruzado con las nuestras por pura casualidad y muchas veces además, en forma puntual. En el caso del cuento, el consuelo es brindado por un pastelero al que una madre había encargado un pastel de cumpleaños para su hijo. El día del cumpleaños, el hijo tiene un accidente(es atropellado) y fallece a los pocos días, por lo cual obviamente la madre no está en condiciones de acordarse ni de tener en cuenta el encargo realizado, ante el tremendo truomatismo (agujero) que la atraviesa.  Por supuesto que sin saber nada de ello, y molesto porque ella no fue a retirar el pastel ni a pagárselo, el pastelero llama a la casa reiteradas veces en forma infructuosa, sin darse a conocer.

A partir de este hecho, nos encontramos dos versiones del cuento, la primera escrita en 1981 que lleva otro título “El baño” publicada en el libro “De que hablamos cuando hablamos de amor”) y la segunda,  la cual motivó primeramente este escrito, publicada unos años después en su libro “Catedral”  titulada “Parece una tontería”.

En la primera versión del cuento, una de las veces en que el pastelero llama a la casa,  la madre coge el teléfono. Se encontraba  allí  con el objetivo de darse un  baño y de descansar un rato de tantos días en el hospital. La madre, ya con  el chico en coma, pregunta si se trata de Scotty, y el pastelero dice “sí, Scotty, se trata de Scotty”. Y el cuento culmina ahí. Tendremos que apelar a la otra versión del cuento para  encontrar la capacidad de empatía y la solidaridad del pastelero que abrigan el alma de estos padres. ¿Pero acaso en nuestra vida no tenemos muchas veces  también que apelar a segundas versiones o a re-visiones, a re-significaciones y a reescribir capítulos de nuestra historia que nos permitan  reconciliarnos con los otros, con nosotros mismos y con la vida? Podemos decir que así como el autor re-escribe el cuento para hacerlo mejor, nosotros como autores de nuestra propia vida, intentamos también re-escribir nuestra historia y en ocasiones muchas veces en ese mismo intento por mejorarla.

Pero antes de ello, me interesa repensar los sentidos que podemos crear a partir de ambas versiones del cuento, los sentidos que dichas versiones pueden tener como actitudes humanas, esto es, actitudes que todos podemos tener y seguramente  hemos tenido y tendremos frente a las circunstancias de los otros, e intentar leer algo de las mismas para conocernos y crecer espiritualmente.

Para hacerlo me  interesa  retomar los comentarios que  he encontrado en un blog denominado “PITO CUATRO La sobremesa de los talleristas de Pablo”, sobre las dos versiones del cuento, los cuales me parecen interesantes, promoviendo  en mi el deseo de entablar con las mismas un diálogo que espero sea enriquecedor.

En un escrito fechado el 23 de noviembre de 2007, titulado “Moverse hacia la ternura. Sobre Raymond Carver. por Pablo Ramos” texto que además fue editado originariamente en http://www.no-retornable.com.ar/reflexiones/0039.html

Pablo Ramos en un fragmento extenso de su escrito que aquí transcribo dice refiriéndose a la primera versión del cuento, o sea a “El baño”:  

“No hay trucos, porque aunque ella no cae en la cuenta de quién es el que llama, el lector no tiene dudas, por eso el cuento no es malo en lo formal, pero es malo en su razón de ser. No hay hondura, no hay punto de no retorno más allá de la posible muerte de Scotty como circunstancia. Del comentario fuera de lugar del pastelero como circunstancia. Y si uno mide la dimensión teórica del drama (el coma de Scotty, que el pastelero llame y llame por teléfono a la madre diciéndole que Scotty tal o cual cosa) contra el peso emocional que uno siente al terminar de leer (esto es lo que debería haber sentido contra lo que realmente siente) sale defraudado. Sí, ¡defraudado por Raymond Carver!”

“Es que a veces no alcanza con que el escritor contemple con la boca abierta o en puro asombro un zapato viejo o un atardecer, tal cual lo dice Carver. Y es que él dice “a veces se necesita tan sólo contemplar…” y nosotros leemos “con eso alcanza, lo hago siempre y listo. No. No es así: no es tan fácil escribir fácil.
Hay palabras importantes que Carver hace renacer (en su segunda versión): ternura, alma, talento, son algunas de ellas. Entonces si no tienes talento y no escribís con el alma jamás vas a lograr moverte hacia la ternura, y eso es lo que busca Carver, aún en los cuentos más duros, él mismo lo dice cuando “medita” sobre la frase de Santa Teresa que tanto le gustaba “las palabras llevan a las acciones… preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura”.
Entonces volviendo al cuento “El baño”. La madre vuelve, al hijo le van a hacer mil estudios, escucha lo que escucha del pastelero y se termina el cuento ¿Qué cuento? Ningún cuento, porque no le salió, porque así no pasa nada, porque fue sólo una idea que se publicó”.

Respecto a estos comentarios, estoy en desacuerdo con  que el cuento es “malo en su razón de ser” como dice Pablo Ramos, ya que nos cuenta, mal que nos pese, cómo muchas veces podemos actuar de manera mezquina, egoísta, rencorosa y vengativa   hacia los demás, especialmente cuando desconocemos sus circunstancias y las nuestras nos pesan demasiado, incapacitándonos para ponernos imaginariamente en posibles situaciones en las cuales  podría estar el otro. Tal es el caso del pastelero, que sin saber  porqué la madre de Scotty no acudió a retirar  el pastel ni avisó nada, da por sentado que ella actúa de forma  negativa o de mala fe “porque sí”: cree que lo quiso estafar o molestar gratuitamente, o cuando menos, interpretó el hecho como una falta de consideración para con él y su trabajo y se sintió con derecho a tomarse revancha  mediante una ¿actitud intimidatoria? 

En este sentido el cuento  tiene la razón de ser que es contar lo desagradables que podemos ser los seres humanos a veces, cuando nuestras circunstancias son las únicas que cuentan y nos movemos impulsivamente por las mismas, sin tener  nuestras emociones educadas en  la empatía, o cuando aún teniéndolas  relativamente domesticadas, nos topamos con situaciones que  reactivan nuestros fantasmas inconscientes. En todo caso, lo malo y lo terrible es que a veces seamos así, que podamos vernos reflejados en esa manera de actuar del pastelero.

 Y precisamente, esa falta de empatía es lo que le reclama en la segunda versión del cuento la madre, luego de decirle  que su hijo fue atropellado y murió: “pero naturalmente usted no tenía porqué saberlo, ¿verdad? Los pasteleros no tienen que saber todo, ¿verdad, señor pastelero? , a lo cual más tarde, cuando los padres van a la pastelería, este responde con una especie de justificación: “simplemente soy un pastelero”.

Tenemos a la madre de Scotty tremendamente dolida y furiosa por el fallecimiento de su hijo, que ha encontrado alguien, que  en sí no tiene responsabilidad de lo que le ha sucedido, pero que por la forma insensible en que actúa cuando ella no va a retirar el pastel, se torna en el foco perfecto donde poder desplazar y descargar su rabia. Un madre que dado lo dramático de situación (en vez de haber podido festejar el cumpleaños- nacimiento- de su hijo, se enfrenta a su muerte), que  tal vez espera del otro un más allá de la empatía (lo que a veces pedimos cuando le decimos a alguien que si no ha vivido una determinada situación, no puede saber lo que se siente “realmente” en la misma), y que se encuentra con todo lo contrario, una actitud marcadamente hostil.

 Más bien, lo que ella habría querido, como lo atestigua el mecanismo de negación al que recurre como defensa (“los pasteleros no tienen porque saberlo todo”) es que el otro hubiese sabido TODO, que el pastelero, o quien estuviera  a tiro, hubiera podido sentir en forma idéntica lo que ella siente, y aún tal vez, aunque pueda parecer “loco”, saber lo que podría suceder para haberlo podido evitar, o incluso que fuese al pastelero al que le hubiese sucedido el haber perdido a su hijo. 

 Y en su desesperación recurre defensivamente también a la ironía y la devaluación, la cual es aceptada por el pastelero que le confirma que  él es simplemente  un pastelero, como si dijera que a un pastelero no se le puedo pedir otra cosa (sensibilidad, empatía y menos que sea adivino de lo que iba a suceder), que es un ser humano que no sabe mucho del alma humana, sí de hacer pasteles. De hecho en el cuento hay elementos descriptivos que caracterizan al pastelero como alguien  burdo, “primitivo”.

La madre de Scotty le supone al pastelero sin conocerlo características que lo definen como alguien burdo, grosero, desagradable:   y como parece obvio de alguien así no se puede esperar sensibilidad ni empatía, y la actitud del pastelero en la primera versión del cuento responde exactamente a esa imagen  a modo de profecía auto-cumplida.


Y  su rabia la lleva además a insultarlo y a desearle  el destino de su hijo: “quisiera matarlo -dijo Ann- verlo muerto”, que hubiese sido él quien sufriera ese destino-que por lo insensible, por lo burdo se lo merecía - en vez de su hijo. Esta frase  no solamente es la manifestación del deseo de no estar viviendo esa situación y de que fuese otro el afectado, sino que tal vez vehiculiza además la ley del talión y una creencia popular de que las personas insensibles ante un hecho que es doloroso para otro, solamente pasando por la misma experiencia o situación puede aprender a ponerse en el lugar de ese otro. 
La madre de Scotty también actúa en forma desmesurada llevada por su dolor pidiendo al otro algo imposible, que actúe como un ser sobrehumano, y el pastelero le dice que él es solamente  un pastelero, un ser humano.

 Y de alguna manera esa versión insensible del pastelero es verdad, y de otra  no lo es, como claramente queda demostrado en la segunda versión del cuento. En esta  primera, el autor sí nos deja con esa versión burda, insensible del pastelero, pero le da la posibilidad de redimirse en la segunda versión. Obviamente que era imposible que el pastelero supiera lo que había sucedido, y no es eso lo que  la madre  de Scotty le reclama, sino que hubiera  actuado con empatía, que hubiese podido imaginar situaciones que la justificaran teniendo en cuenta, por  lo menos para empezar, que ninguna madre, porque sí o para perjudicar a otro, deja de  retirar algo tan especial como un pastel para el cumpleaños de un hijo.

El cuento nos muestra, a través de una lupa, como muchas  veces actuamos centrados solamente en nosotros mismos, en nuestras necesidades afectivas insatisfechas que nos llevan a guiarnos solo o predominantemente  por los fantasmas inconscientes que son actualizados a partir de aquellas, en nuestro encuentro con los otros. 

Y cuando digo necesidades afectivas, no me estoy refiriendo a que el pastelero se haya molestado simplemente porque perdió tiempo haciendo el pastel y dinero porque no se lo vendió a la madre del chico, sino que hablo de la respuesta que él interpretó que recibía frente  a lo que en psicoanálisis Lacan llama la demanda de amor que dirigimos en principio al Otro primario (la madre) pero que reformulamos con los otros con quienes nos relacionamos: ¿qué me quiere el otro? 

En la actitud del pastelero podemos leer que  su interpretación puede haber sido algo así como: el otro me quiere joder, me dejó plantado con el pastel y ni se molestó en avisarme,  lo cual constituye una afrenta al narcisismo ya que parecería que el otro  no valoró ni su tiempo, ni el dinero que invirtió en hacer el pastel,  y por tanto no se sintió  valorado como persona. Y siempre que  ello sucede, en términos psicológicos podemos decir que el cerebro racional es tomado, secuestrado por el cerebro emocional, ya no pudo el pastelero pensar: plantearse otras posibilidades,  otras explicaciones posibles para lo sucedido, leer o interpretar algunos datos fundamentales que le habrían llevado a relativizar la situación. La rabia y el deseo de reivindicación y de  venganza se apoderaron de él.

 Sino todos, muchos podemos haber sido, o llegar a ser el pastelero, en menor o mayor medida, en alguna ocasión. Y ello ya nos ha llevado o llevará  a presuponer intenciones al otro, negativas como en este caso, o no tanto, y  en función de ellas a veces a tener actitudes injustas, equivocadas con los otros, o en otras, precisamente a que nos estafan o toman el pelo por confiar demasiado en las buenas intenciones de los demás.

Seguramente, también  hayamos gente que en enfrentados a la misma situación habríamos pensado, y por tanto actuado, de forma diferente en la medida en que lo sucedido no reactivara en nosotros  algún “complejo inconsciente” (en el sentido psicoanalítico del término y no en el vulgar). Hubiéramos podido pensar que  tal vez a la mujer le sucedió algo grave y por eso no pudo venir ni llamar, y máxime cuando el encargo no recogido era de algo muy importante para una madre como es el pastel de cumpleaños de un hijo. Algunos tal vez hasta hubieran intentado también llamar a la casa de la madre del chico, pero con una actitud más de interés, curiosidad o preocupación que  de reivindicación, como parece ser el caso.

Intentando darle otra lectura a lo que sostiene Ramos respecto  a que el primer cuento “es malo en su razón de ser”, diré que en otro sentido sí puedo estar de acuerdo con él, y no únicamente por lo que dice acerca de que “no hay hondura, no hay punto de no retorno más allá de la posible muerte de Scotty como circunstancia”, sino porque cuando actuamos de la manera en que actúa el pastelero, no hay hondura espiritual, afectiva en nosotros mismos, en nuestra historia o en nuestros pequeños cuentos cotidianos,  y por lo tanto, tampoco tenemos punto de retorno,  porque con ese tipo de actitudes,  estamos más cerca de la muerte que de la vida y del amor.

 En cambio, cuando actuamos como el pastelero lo hace en la segunda versión, segundo cuento o  ¿segunda parte o continuación del primer cuento?, es todo lo contrario. Asistimos a la capacidad  extraña que es la empatía y que nos permite salir-nos hacia el encuentro con el otro, estando  a la vez (o más bien, habiendo sido capaces de haber estado) tan metidos con nosotros mismos; presencia de Eros,  el único que permite hacer de esos pequeños cuentos nuestros de cada día, ¡grandes cuentos!

 Carver se reconcilia con el pastelero, y nos permite reconciliarnos a nosotros con él (con él y con el pastelero) y con nosotros mismos, y con nuestra ¿humanidad?, de esa manera nos impide también que –contrariamente a como lo siente Pablo Ramos- nos sintamos defraudados, tanto por el autor como con nosotros mismos: escribe una segunda versión del cuento, en el que el impedimento del baño reparador a la madre de Scotty en el primer cuento se transforma en una escena que da cuenta de actitud de profundo amparo que no es ninguna tontería y que  a mí me emocionó muchísimo.

Dice P. Ramos refiriéndose a  la  segunda versión del cuento.

Pero toda obra está viva mientras su escritor esté vivo, dice Carver, y unos años después, cuando sale el notable libro Catedral, reescribe el cuento “El baño”, lo titula, “Parece una tontería” y lo convierte en una verdadera obra maestra.
Lo extiende: la madre recibe más llamados del pastelero, Scotty muere, el pastelero insiste “Scotty, lo tengo listo para usted, se ha olvidado de Scotty” La madre lo insulta, minutos atrás acaba de enterrar a su hijo, ni ella, ni el lector ─atrapado ahora sí en el sentimiento de ella─ pueden entender que categoría de enfermo es este tipo. Pero la genialidad es que el lector está unos segundos por delante en comprensión que la protagonista, Carver nos regala esto, pero no abusa y unas líneas más adelante, enseguida, ella cae en la cuenta. Fácil: la torta, el nombre, el número de teléfono “Hijo de puta” grita, y el marido la lleva a la pastelería.
 Y ahora lo bueno, el pastelero no los quiere atender, ironías, soberbia. Finalmente les abre. Hay un momento de dudas, parece que va a haber violencia. El pastelero admite que llamó, que el pastel se está poniendo rancio, dice que si quiere se lo deja a mitad de precio. Y ¿saben como se dice mi hijo murió?:
“Mi hijo ha muerto –dijo Ann con un tono frío y cortante─. El lunes por la mañana lo atropelló un coche. Hemos estado con él hasta que murió. Pero naturalmente usted no tenía porqué saberlo, ¿verdad? Los pasteleros no tienen que saber todo, ¿verdad, señor pastelero? Pero Scotty ha muerto. ¡Ha muerto, hijo de puta!”
Y todo el dolor del universo empieza a llover sobre los personajes y a través de ellos sobre el lector, que ya está emocionalmente preparado (preparado por el escritor) para vivir el momento estético más sublime que el arte nos puede dar (a mi gusto), que es cuando la literatura, LA LITERATURA, se hace presente y dice “acá estoy”:
“…el pastelero dejó el rodillo de amasar en el mostrador… los miró y meneó la cabeza despacio…sacó sillas de debajo del mostrador….
_siéntese ustedes, por favor.
_ Quisiera matarlo- dijo Ann_ verlo muerto”
Ellos se sientan, él se sienta con ellos.
“─Permítanme decirles cuanto lo siento ─dijo el pastelero apoyando los codos en la mesa─ Sólo Dios sabe cuánto lo lamento. Escuchen. Sólo soy un pastelero…”
Sí, dice eso: “Soy sólo un pastelero…”. Una tontería. Parece una tontería. “…en momentos como estos comer puede parecer una tontería…”
El cuento sigue. Él les ofrece bollos, y ellos se quedan. Se hace de día y ni piensan en irse, mientras el pastelero les da de probar y de oler y les sirve más y más café.
Yo sólo soy un pastelero. ¿Le agregarían el adjetivo “simple” a “pastelero”?. No es
minimalismo, es talento”

Y finalmente los padres escuchando también las razones del pastelero para su proceder  innoble, compañía, conversación, bollos calientes y café, calidez de la  que aún al alba el  alma de estos padres no quiere marcharse.




martes, 17 de febrero de 2015

COMO HACER LITERATURA CON LA PROPIA VIDA.




Durante el año 1996  estuve asistiendo a un taller de escritura creativa y al finalizar el mismo se realizó  la publicación de alguna de las creaciones de cada integrante  del mismo en el Libro “Lapislázuli”.

Para la publicación, cada integrante presentaba un texto producido a partir de una propuesta del taller que consistió en  elegir  un símbolo que  representara a cada cual  a partir de una lista de  estos que nos fuera dada por la coordinadora. A continuación se incluye  un texto que pretende expresar  lo que significaba para cada cual el proceso de la creación. Y finalmente  se presentan aquellos textos que cada cual prefirió publicar.

Yo elegí de esa lista de símbolos a Venus, y a partir de esa elección escribí un texto sobre el Amor, un poema de presentación, en el cual  esa referencia alude al amor (que en psicoanálisis denominamos  transferencial) dirigido tanto a la coordinadora del taller, la escritora uruguaya Elena Romitti, como a mi analista, con la que llevaba en ese momento un largo tiempo de análisis.

Asimismo  el cuento “El viaje”, que presento luego del texto sobre el proceso creativo,  se refiere metafóricamente,  como pude darme cuenta luego de haber escrito el mismo, tanto al viaje analítico, como al viaje que significó el taller de escritura y la escritura en sí misma. En este  “El viaje” se aúnan muchos viajes, y  simbolizo lo que significó para mí  ese período extenso de mi análisis, en términos fundamentalmente de una apertura hacia el deseo maternal , el cual estaba muy presente pero como algo a resistir (obviamente  por  pensamientos y vivencias negativas en relación a la misma)  en los comienzos de mi análisis.

Así como escribe la propia Elena Romitti en el prólogo al  libro, comenzamos el viaje  “ … empujados por Venus, porque todo viaje va a cubierto o descubierto detrás del amor .”

VENUS

¿¡Qué importa que la llamen Venus o Afrodita?!
¿Acaso no es el amor lo que hace que yo haya llegado hasta acá, 
que Ella estuviera esperando, 
que dos almas sin saberlo se hayan estado comunicando eternamente?                                                         Si desde tiempos remotos Venus ha vivido                                                                                                 naciendo de la espuma 
renaciendo en Boticcelli 
y también en mí.
¿Y Elena?,¿ acaso  no fue pro su belleza, por su perfección que se la disputaron 
ocasionando la guerra de Troya?
¿Cómo es posible ? ¡¿Justo  Venus  la Diosa del Amor generando una guerra?!                                         
                                                                                                    
Ante la propuesta de la coordinadora del taller de escribir sobre que significa crear yo escribo el siguiente texto.

CREAR   ES…

"… impaciencia, excitación , pasar de la vida al sueño y del sueño a la vigilia sin poder pensar en nada más , robarle horas al sueño, y todavía en sueños concluir, encontrar, el principio, el final, de la historia a contar. Perder el reloj, olvidarse de comer, de las cuentas, del orden ¡y hasta del cuidado personal!, ¡Qué horror! Hacerse la desentendida con los enfados de familiares y amigos , que desesperados llaman para saber si aún estoy viva, celosos de que no les permita entrar en este mudo privado. Dicen no entender como me gusta tanto estar sola. ¡Sola!, ¡qué tontería! Acá adentro hay más gente de la que se podrían imaginar. Mi soledad está poblada, de personajes, de sentimientos, de recuerdos, de imágenes, olores, sabores, sonidos, sensaciones, que luchan cuerpo a cuerpo agolpándose en las puertas de mi mente para que las elija y les permita la dicha de ser paridas. Y así, las palabras dan vueltas y vueltas en el laberinto hasta que solo algunas cuentan; sin saber por qué ni que he de hacer aún con ellas, son ellas quienes en realidad me eligen obligándome a escribir. Lapicera en mano, comienza a brotar el agua, de la mano de Elena que abre una puerta invitando a entrar a Venus.                                                                                                                Folleto blanco y azul, blanco-pureza-¿muerte?
¡Sí, muerte de la razón! ¡Dejad hablar al alma que ella sabe más de ti que tú mismo.                                      Azul-cielo-mar, donde la mirada se pierde en el infinito.                                                                                Y aquel reloj de arena azul?                                                                                                                          El tiempo. ¿Cuál tiempo?
El de crear, jugar, crear, leer, comunicar, escribir, crear al borde del misterio,                                      ¡porque la escritura nos permite hacer viajes fantásticos!"



“EL VIAJE" 
                                 
A Marta por lo que me dio,
a mi madre pro lo que me dio
y por lo que no me pudo dar.

Y a Ana Luisa Hounie, mi analista de entonces.


                                                                                                 
Querido Marcelo,                                                                                                                                            
          
en la presente  te cuento una experiencia muy extraña que ha tenido una trascendencia enorme en mi vida. La he denominado “Viaje fantástico” o “Viaje al interior”, y comienza un día en la playa, más precisamente en el mar.  
Estando yo siendo mecida  suavemente por las olas, dejando el tiempo pasar, creyendo que nada ni nadie podrían perturbar aquella paz, aquel silencio que resonaba  en mis oídos transportándome a otro tiempo…cuando de pronto, una inmensa ola y un remolino aterrador me arrastra a la deriva . Ni siquiera me da tiempo de preguntarme qué sucede. Si sé de la sensación de haber atravesado un túnel oscuro.Cuando         despierto me encuentro en un lugar…sin palabras.
Parece ser una cálida noche de verano. Siento en mi piel la caricia suave de una brisa que perfuma el aire con una exquisita mezcla de rosas y jazmines, despertándome sensaciones totalmente desconocidas, o quizás tan primeras, que celosamente guardadas en los confines de mi memoria, no puedan ser recordadas. Un placer sin fronteras invade todo mi ser.                                                                                              Hasta donde mi mirada asombrada se pierde, se abre extendiéndose una frondosa alfombra de un verde oscuro sin mácula. Doy unos pasos y mis pies se hunden en este increíble mullido colchón de hierba. A mi izquierda, grandes y altos edificios en tonos de blanco y azul pastel irradian una rara luminosidad lechosa que baña la oscuridad nocturna creando una atmósfera en las que día y noche se confunden. A mi derecha, un hermoso parque de juegos donde cientos de niños corretean, se zambullen en los areneros, se tiran de los toboganes , andan en los “sube” y “baja”. Veo sus rostros felices, sus gestos de alborozo, pero ¡qué raro!, no emiten sonido alguno. Allí parece ser el reino de un silencio y una calma rebosantes de vida que se hace presente en el cúmulo de sensaciones que me embriagan, meciéndome en un mar de paz y seguridad primordiales.
Quebrando la armonía pastel del lugar, un cartel de madera en letras doradas dice: “Bienvenidos al Parque Alicia”, y un poco más abajo: “para poder jugar acá, lo único que has de hacer es ponerte estos zapatos rojos”. Y efectivamente, allí, al lado de este anunciante sobre el frondoso verde se encuentran unos pequeños zapatos rojos, que en un toque de infantil coquetería , se abrochan con una presilla y  una hebilla en el costado.                                                                                                                                               Me pregunto a que juego se refiere, acaso al parque con sus juegos, o a este otro, cuyo creador desconozco,  y al que fui arrastrada sin pedirlo.

 ¡Qué ocurrencia!-pensé- ¡¿yo ponerme estos zapatos?! Estaría como las hermanas de Cenicienta , ¡y encima jugar!...Pero, ¡si está lleno de niños  pequeños y yo soy grande!-exclamé azorada. 

¿Eres realmente tan grande?-sentí que preguntó una voz. Y luego afirmó : tu perteneces a ese grupo de incautos han quienes han hecho creer que la cantidad de años vividos es siempre buen metro de la sabiduría.
Un calor sofocante  arrebató mis mejillas, y miré para todos lados temiendo que algún observador oculto se hubiera percatado de que me sentí humillada.

-Pero no, está todo en orden –me dije reponiéndome-Y bueno, ¿porqué no intentarlo?, total…acá nadie me conoce, sea cual sea el juego al que haya que jugar…

Mientras me quitaba precipitadamente mis zapatos, e intentaba torpemente ponerme los rojos, me imaginaba lo ridícula que quedaría tratando de calzarme unos zapatos que me habrían ido bien de haber tenido nueve años.
Me quedé atónita cuando mis pies se deslizaron dentro de ellos a la perfección. Comencé a caminar lentamente mirándome extasiada en aquellos mágicos zapatos, mientras me parecía estar flotando y siendo transportada en una nube.

A medida que avanzaba, diversos árboles  interceptaban mi camino, y el aroma de aquellos que perfumaban el aire se iba haciendo cada vez más intenso. De pronto pude divisar hermosos rosedales cubiertos totalmente por grandes rosas rojas, y jazmines cuidadosamente cultivados, exhibiendo una perfección y belleza celestiales.

Una mujer , cuyo cabello sedoso parecía descansar sobre la curva dulce de su espalda, ataviada con un vestido blanco largo, semitransparente, se me acerca y sin articular palabra o emitir sonido alguno ,me mira y yo siento :
- Te estaba esperando, ¡por fin has llegado, ya era hora!

Yo la miraba entre temerosa y maravillada preguntándome cómo era posible que nos comunicáramos sin mediar palabras. Ella como leyendo mis pensamientos me respondió:

 - Acá  tan solo con desear o pensar algo serás escuchada- Luego agregó : -si me miras fija y profundamente a los ojos podrás verte en ellos y encontrarás la Verdad que has venido a buscar.

¿ A qué verdad se refería-me pregunté, y cómo iba yo a encontrarla no sabiendo de qué se trataba, y más aún, estando acá sin haber decidido voluntariamente venir . Quizás me estaba confundiendo y creía que era yo a quien ella esperaba. Pero, había tanta dulzura en su confiable mirada esmeralda,  que me dejé seducir, ¡y cuál no sería mi sorpresa al verme reflejada en sus ojos, con mis nueve años   vestidos de zapatos rojos! Me sentí hermosa como nunca, y tuve la oscura certeza de que la respuesta estaba en aquellos zapatos.
Ella me dirigió una sonrisa afirmativa y agregó:

- acaso no me recuerdes, pero yo soy Marta , y ahora sé que el regalo que te hice te encantó.
-¡Marta!, pero entonces …ella es… -pensé.

-Sí, tu madrina de confirmación –dijo sin palabras , sin darme tiempo a continuar.

-Pero...¡¿ cómo es posible que estés tan joven?!-le increpé , cada vez más incrédula . ¡Y tan distinta!-continué empezando a sentir cierta angustia.

-¿Acaso estás muerta?, ¡entonces yo también!-exclamé horrorizada.

-¡Cálmate!, simplemente estaba esperando por ti para  envejecer. Era necesario que yo estuviera así para poderte confirmar. Ahora, como ya lo he hecho, puedo irme tranquila. Ha llegado la hora de mi partida.

-Pero…¿cómo que ya o has hecho?-pregunte triste y empezando a lagrimear.

-¿No te has mirado en mis ojos y te has encontrado hermosa con mi regalo?- me respondió.

-¡Oh!, sí , sí-contesté- ¿pero eso que tiene que ver con mi confirmación?-volvía a cuestionar.

-Lo sabrás luego de encontrarte con tres personas más.

-Pero… -  alcancé a balbucear cuando ya había desaparecido.

Me invadió una profunda tristeza y lloré por su partida, hasta que de pronto, uno de los niños que jugaban en el parque se me acerca y me dice:

-No llores, vamos a jugar y verás que se te pasa: Yo me llamo Marcelo.

-Está bien, siempre me han gustado mucho los niños- le respondí. ¿A qué quieres jugar? Antes de que pudiera terminar de esbozar la pregunta supe su respuesta.

-Bien, acepto-le dije-, solo porque tu nombre me suena familiar.

Me dice que cuando el juego se inicie , yo debo ir hacia los edificios blancos y azul pastel donde me están esperando. Y cuando termine lo que he ido a hacer , nos encontraremos nuevamente en uno de los toboganes que ahí allí en el parque.

Guiada por Marcelo me quito mi recién adquiridos viejos zapatos rojos, y él los suyos , y cada uno se pone los del otro. Me dirijo entonces hacia los altos edificios corriendo.

¡Qué raro sentí …!, aquellas piernas musculosas y duras…Extrañé mis nada bien ponderadas pero suaves y redondeadas piernas de mujer. Además, dónde estaba toda aquella emoción, la sensible fascinación que este lugar ejercía sobre mí hace apenas unos segundos. Evidentemente Marcelo no siente igual. Le parece lindo sí, como quien mira de afuera , pero nada tan especial. Buscando dentro suyo un atisbo de ternura, se halla una fría aridez.

Cavilando sin cesar he llegado al edificio. Como si supiera exactamente  donde debía ir, entro sin llamar y me encuentro a dos personas de cabellos blancos, de espalda encorvada, como si sobre sus hombros levaran una pesada carga, y en cuyos rostros, surcados de imborrables líneas, puede leerse como en el tronco de un gran árbol, el paso del tiempo.

El hombre al verme entrar exclama: ¡mira quien llegó!, y la mujer capturada por una extraña pantalla, levanta apenas la vista para dirigirme una mirada de reproche. Un acero helado me atraviesa el corazón, y con una voz igualmente fría dice:
- ¡linda hora para llegar!, ¡a esta altura te acordaste de nosotros¡, ya no te esperamos.

El hombre balbucea tratando de limar la aspereza de su mujer :

-Marcelo, tu madre dice eso porque está enojada, pero en realidad siempre te ha esperado. Tres veces te esperó y tres veces no llegaste; ella ha envejecido esperándote, es entendible que esté resentida.

La mujer, que en apariencia seguía ajena al niño, comienza sollozar. Se levanta de la silla y abrazándolo le dice: Marcelo querido, ¿por qué llegas justo ahora que ya nada podemos darte?

Impelido por no sé qué extraño mandato , me sorprendo diciéndoles: A mí no, pero al hijo que va a tener Andrea sí.

Me despido de ellos bruscamente y corro hasta el tobogán. Al final de este están mis zapatos rojos. Urge que los recupere. En ese instante comprendí las palabras de Marta.
Antes de que pueda despedirme de Marcelo, un torbellino aterrador me arrastra nuevamente, y otra vez la sensación de haber atravesado un túnel oscuro.

Cuando despierto estoy nuevamente en el mar y al salir observo que mis pies están manchados de un color rojo intenso.

Ahora cuando escribo esta carta , querido Marce, han pasado varios meses. Acaban de confirmarme que estoy embarazada. Ya decidí que aquella doctora, no sé si la recordarás Marta, será quien me asista en el parto. Me despido de ti con un gran beso. Debo darme prisa ya que me he de preparar para darle la noticia esta noche a mi esposo. Para una ocasión tan especial, he elegido un lindo vestido blanco y un precioso par de zapatos rojos.
                                                                                                                        Andrea.    
   


COMENTARIOS SOBRE ESTE RELATO.


Este relato surge a partir de una propuesta de la coordinadora del taller literario denominada “Como hacer literatura con la propia vida”. La misma implicaba elegir objetos, lugares y personas  significativas, y a partir de allí crear una historia.
Yo elegí: unos zapatos rojos que mi madrina de confirmación me regalo ese día, el “parque Alicia” que era un parque cercano a  mi casa. Además,  Alicia es mi mejor amiga , hija de Marta mi madrina de confirmación, y Alicia también lo elegí  porque me recordó en ese momento a “Alicia en el país de las maravillas”, lo cual está presente en la forma en que se inicia y desarrolla  el cuento: en otro lugar y espacio donde una es llevada sin pedirlo, como sucede en todo cuento o novela, a  La Otra escena, la del inconsciente.

El análisis que viene a continuación fue realizado un tiempo  después de escribir el cuento; en el momento que lo escribí, solo tenía una vaga noción de que el mismo era significativo para mi historia por algunos de los elementos elegidos , pero en sí no sabía todo lo que allí se recreaba acerca de historia y mi deseo. He de aclarar que el significado de todos estos significantes que tejen este trazo de historia, los fui encontrando paulatinamente mucho tiempo después de escribir el cuento en sucesivas relecturas; cuando lo escribí no tenía idea de lo significativo e importante que era para mí.                                                                                    
 Marcelo (celos del mar) es el nombre de un bebé , un hermano mío  no nacido, es el hijo varón que mis padres desearon y nunca llegó, y tres veces lo esperaron;  una primera vez en que  mi madre sufrió un aborto espontáneo , y luego también era esperado cuando nací yo y mi hermana según lo que me contó mi madre. En el momento en que escribo esto, mi analista y mi hermana están embarazadas. Entonces, es desde la identificación con ellas, y especialmente con mi hermana que lo escribo y que  firmo la carta dirigida a ese hermano no nacido. Andrea es el nombre de mi hermana. 
Marta es efectivamente el nombre de mi madrina de  confirmación religiosa. Pero la auténtica confirmación que ella hace es la de mi femineidad y maternidad (eres mujer, puedes ser madre) al brindarme, al yo encontrar en ella, otro modelo de ser mujer diferente (más valorado por mí) que el del mi madre, donde el atributo fálico valioso está presente  y es otorgado por una mujer en posición de madre a una niña, metaforizado en unos zapatos rojos  que efectivamente fueron el regalo de mi madrina el  día de mi  confirmación. 

El número nueve es significante de  la edad en la que tuve mi primera menstruación y son los meses de  embarazo. El lugar que es recreado y donde están tantos niños , llegué  a darme cuenta más tarde, de que  es el vientre materno, y la descripción que realizo del mismo la hago a partir de un sueño que había tenido en días previos a que fuera dada esta propuesta en el taller, sueño  en el cual  experimenté una gran fascinación visual  (no quería despertarme)y auditiva (por el silencio absoluto que allí había). A ese lugar-vientre materno  yo vuelvo para probar como sería ser  ese varón que mi madre o padres desearon. El deseo del hijo varón pasa de una generación a otra, no habrá Marcelo, pero habrá otro posible niño, nieto que colmará a medias  esa falta y deseo de varón: ese primer hijo que esperaba mi hermana en la realidad, pero yo identificada con ella en el sueño y en el cuento.


El siguiente texto lo escribí pensando en una amiga que en esos momentos vivía una situación muy conflictiva con su hija adolescente  y me pedía consejo como psicóloga para mejorar la misma. Obviamente en este texto también recreo aspectos de mi propia  relación con mi madre, aunque las circunstancias reales no eran las mismas.
La propuesta del taller de la cual surge este texto no lo recuerdo bien en el momento en que decido escribir esto, pero vagamente tengo idea de que era una propuesta en que una mujer debía irse obligada a un castillo y una joven irse  aun apartamento.

LA NIEVE.              
                   A mi amiga María.  
                                                                 Avatares de mi relación con mi propia madre, 
                                                               desplazados y recreados sobre una amiga y su hija.


Desearías que aquella noche no hubiese llegado nunca.
Aunque siempre supiste, al igual que todo el que tiene la suerte, pensarás la desgracia, de arribar hasta allí, que más tarde o más temprano deberías abrir esa puerta y entrar, titubeas miedosa sin atreverte a cruzar el umbral. Sabes que no tienes escapatoria, ¿acaso alguien la tiene? Ese castillo es eterno, y aunque cierres  una y mil veces los ojos para cerciorarte que no es real, él estará allí inamovible.
Ya no puedes jugar como lo has hecho todos estos años a hacerte la desentendida, creyendo poder escabullirte detrás de unos cuantos afeites, ocultando tu edad  y lanzando alguna que otra mirada recriminatoria a quien osara tener el mal gusto de enunciar la pregunta prohibida.

Te cuestionas cómo es posible  que no hayan puesto alguna señal en el camino hacia allí , que evitara tantos tropezones y caídas , y que hiciera que el impacto frente a aquella enorme mole  que imaginas oscura, fría y solitaria fuera más débil. Estás furiosa y dolida  porque sientes que esto no es más que una premeditada emboscada que te ha tomada desprevenida. Pero no te das cuenta que tú misma aprisionabas con fuerza la venda que cubría tus ojos y que los otros, y sobre todo Inesita intentaban quitar infructuosamente. Ella más que nadie, te señalaba el camino. Aquella cayó de golpe cuando  la sorprendiste llevando a escondidas a ese chico, a quien sientes como un intruso, a vuestros cálido refugio de Pocitos. Te das cuenta que no se trata de acusarlo de ladrón; de no haber sido él, hubiese sido cualquier otro, y amargamente tomas conciencia que mientras tú te dirigías hacía ahí, ella crecía impunemente sin pedirte permiso.

Tal vez pretendías que viniera contigo a este castillo que ahora ves horrible, pero vencida te das cuenta que eso no es posible. Ella necesita del bullicio de los recreos en el colegio, de las interminables e inoportunas charlas por teléfono que tantas veces intentaste impedir llevándote el tubo en la cartera, de sus cartas de amor que como una dictadora pasaste por la censura, creyendo que así podrías detener el tiempo. 
Te rehúsas a aceptar esta separación, quizás no tanto porque ella pueda disfrutar del colorido y alegre apartamento, sino porque tú debes irremediablemente entrar allí. Y haces esfuerzos inútiles como quien quiere resucitar a un muerto.

Imaginabas que siempre estarían unidas, acallando el temor inconfesable de una voz que te decía que ella ya estaba lista para iniciar el vuelo, y creíste que su amor habría de estar solamente dirigido a ti, pues desde que se separaron con tu esposo siendo Inesita muy pequeña, viviste para ella, y quizás ese fue tu error -piensas ahora.  Tal vez pretendías sin saberlo que contraería contigo una deuda eterna.                                
Pero te duelen en el alma y en el cuerpo los años equivocados, y te rebelas contra un ser imaginario que te hizo creer que tu vida se limitaba a ser una buena madre , y aún dudas si lo fuiste. Pero, ¡asómate sigilosamente por el amplio ventanal de vuestro querido apartamento y compruébalo por ti misma!¡Mírala correr feliz en su adolescencia y confórmate con recordar aquella niñez desde donde te abrazaba la calidez del café con leche y tostadas con manteca y mermelada que se desparramaba en las risas y cuentos de aquella nena tuya  que soñaste eterna!
Como esa luna grande y redonda que ilumina la noche y que no podrás evitar que en unos días se divida en dos , y tan solo te deje ver una mitad , así te sientes ahora sin ella .
Quizás más tarde, cuando la nieve fría que cae cubriendo aún más la montaña sacándote bruscamente de tus pensamientos, se derrita, puedas volver a reunirte con ella en su primavera.
                                                                                                                      


                          
Elena Romiti Profesora de Literatura egresada del Instituto de Profesores “Artigas”. Doctora en Ciencias del Lenguaje, mención Culturas y Literaturas Comparadas (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina) y Magíster en Ciencias Humanas, opción Literatura Latinoamericana (Universidad de la República). Actualmente trabaja como profesora de Literatura Iberoamericana y de Didáctica en el IPA y como investigadora en el Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional. Sus últimos libros son: Las poetas fundacionales del Cono Sur. Aportes teóricos a la literatura latinoamericana (Biblioteca Nacional, 2013), Los hilos de la tierra. Relaciones interculturales y escritura: el Inca Garcilaso de la Vega (Biblioteca Nacional/MEC/FHUCE, 2009), Literatura de Cuarto Año. Textos, estudios y apéndices de términos literarios –en coautoría con Rafael Varela– (Aitana Ediciones, 2008).


sábado, 14 de febrero de 2015

INTERVENCION SOCIAL, DESEO Y EMPODERAMIENTO.


“Querido Cheng, usted ha conocido una serie de
rupturas en su vida, usted sabrá transformar estas rupturas en vacío mediador,
actuando, lo que le va a permitir re-enlazar su presente a su pasado y, al final,
usted estará en su tiempo”. Jaques Lacan. 

 Maluenda E., “Un nuevo lazo con el pasado” en Revista Enlaces N| 12, -Grama , Bs.As. 2007, pág.27,
Laurent, Ë., “El Tao del psicoanalista”, El Caldero de la Escuela 74, Bs.As. nov.dici. 1999




En estos  tiempos  en que cada vez son más las personas que debido fundamentalmente a la crisis de desempleo, van quedando excluidas o al margen del sistema social, como objetos de desecho del sistema capitalista, se requiere más que nunca de  nuevos modelos de intervención social y psico-social que posibiliten a las mismas  recuperar su lugar de sujetos. Ello requiere ayudarlos a salir de ese lugar de pasividad y victimismo en que muchas veces ellos mismos se ubican (y que es también el que muchas veces les es otorgado y reforzado por las propias instituciones y profesionales que pretenden a ayudarle a salir de la misma), proyectando toda la culpa de lo que les sucede en términos de exclusión y pérdida  en el funcionamiento del actual sistema socio-económico.
.
Sin dejar de reconocer la enorme y brutal incidencia en la actual exclusión que padecen muchas personas, del sistema socio-económico neo-liberal, de nada sirve mantenerse en una actitud de protesta  y enfado generalizado. proyectando toda “la culpa” en el sistema. Para poder cambiar la misma, se requiere de la asunción de responsabilidad subjetiva que permita al sujeto adueñarse de sí mismo o como dicen actualmente empoderarse. Efectivamente, si la situación depende totalmente de ese Otro gozador (del antes sujeto, ahora objeto de consumo consumido el mismo por “el sistema” que encarna a ese Otro), y la culpa es toda de ese Otro,  encarnado en diferentes otros(políticos, empresarios) que no responde al sujeto, y entonces  “haga este lo que haga, nada puede cambiar”, la persona queda imposibilitada de realizar cualquier acción que le permita re-insertarse como sujeto de deseo, quedando muchas veces merced a un sufrimiento similar al que padece una persona con síndrome de indefensión aprendida.
Ello no implica tampoco  que se intente hacer recaer a “la culpa” por entero en el sujeto que padece la exclusión, pues eso además de que tampoco es así, no habilita para salir, al contrario, sume a la persona en la depresión y de esa manera no logra salir adelante,  pues en ese estado nadie  tiene energía para pensar ni hacer para salir de una situación. Se trata de ir en busca de una toma de conciencia de  la responsabilidad (diferente de culpa) que cada persona tiene en lo que (le) está sucediendo a nivel  particular y social, para así  recuperar su dignidad como sujeto y cobrar energía (deseo) para llevar a  cabo acciones individuales y/o colectivas que le permitan salir de la misma.

Las instituciones y muchos profesionales que trabajan en las ellas tienden a reforzar quizás si tener conciencia de que lo hacen, o teniéndola, pero debido a que han de acatar las directivas de la institución para la que trabajan, el posicionamiento de estas personas en el lugar de víctimas pasivas que necesitan ser ayudadas, y muchas veces la ayuda es de tipo asistencialista solamente y para cubrir necesidades básicas (se les brinda alimentos, ropa, dinero para pagar algún gasto), o en el caso de  aquellos programas dirigidos a desempleados que apuntan a la orientación y acompañamiento para el empleo, se les brinda herramientas para estar en mejores condiciones de encontrar empleo (se trabajan habilidades sociales, como hacer una buena entrevista laboral, como realizar un buen currículo). Ambos tipos de intervención son del orden de “darle el pescado” directamente, o brindarle una estrategia y artilugio de pesca que se pretende serán más eficaces. Están pensadas previamente, protocolarmente inclusive en la mayoría de los casos, y dirigidas por la institución y/o profesionales  que trabajan en la misma, y no cuentan con la participación activa de la persona a quienes están dirigidas, no tienen en cuenta su subjetividad: si la persona está en condiciones psicológicas de llevar a  cabo lo que se le propone, si está de acuerdo, cómo se juega en ello su deseo y sus resistencias al cambio, etc.

Este tipo de intervención estipulada de antemano, dentro de ciertos parámetros caracterizados generalmente por la rigidez, esclerosa el vínculo entre el profesional o la institución y el llamado usuario o demandante del servicio de ayuda, y también a ambos miembros del mismo que se mantienen fijados a sus respectivas posiciones de saber autoritario lo que el otro necesita el uno, y no saber o no querer saber el otro (pues si dice saber y querer saber lo que necesita, y ello no coincide con lo que la institución y o el profesional que lo atiende considera que necesita y debe querer, corre el riesgo de no ser ayudado), de darlo el uno y recibirlo el otro, o solicitar ayuda uno  y ayudar el otro, lo cual lleva muchas veces a la frustración de ambos debido a la  repetición ad infinitum del circuito tan bien metaforizado por el mito de las danaides. Posición de alienación que requiere de una operación de separación posible, que permita avanzar hacia la libertad de quien es ayudado, hacia su empoderamiento subjetivo o lo que es lo mismo,  hacia su “ser sujeto”, al  muchas veces considerado “objeto de intervención”, y también así liberar al profesional y a la institución de sentimientos de frustración e ineficacia entre otros.

Y en lo referido al área laboral y las orientaciones posibles para la búsqueda de empleo, se realiza sin tener en cuenta un aspecto esencial que es que de nada sirve saber hacer un mejor currículo u entrevista laboral si el tejido empresarial no crea empleo, sino que al contrario, lo destruye, y eso implica que cada vez hay una competencia más feroz entre los desempleados en la búsqueda de inserción. No se trata de que estas acciones no se lleven a cabo, pues es obvio que a todas las personas le son de utilidad, más allá de que a unas sí les permitirán encontrar un empleo y a otras igualmente no, sino de pensar otras posibilidades.

Y eso, debido precisamente a que no hay empleo creado o que esté siendo creado para poder dar trabajo a toda la gente desempleada que hay, como tampoco organizaciones que puedan brindar todas las ayudas necesarias cuando cada vez más personas  son “víctimas” de la exclusión. Por lo tanto es hora quizás de que vayamos pensando que cada persona ha de intentar por lo menos, inventarse su propio empleo o reinventarse para poder re-crear un lugar laboral posible entre los intersticios del sistema. Poder llegar a hacerlo, implica  antes que nada reinventarse, recrearse a sí mismo como persona, empezar a descubrirse y conocerse de nuevo, descubrir en un doble sentido a aquella persona, posiblemente aquel niño o joven que fui y que en aquel entonces estaba movido por el deseo, (motivado),recuperar el “yo” auténtico, que años de lo que llaman educación y orientación para el empleo, domesticaron y reprimieron hasta hacerlo casi desaparecer , para adaptarse, cercenando su vocación y sus sueños, a un Dios Mercado que les prometía el Paraíso del pleno empleo, adaptarse  hasta  ser un perfecto desconocido para este otro mi mismo que la persona es hoy. 

Y a partir de ese reencuentro o  nuevo encuentro en realidad con él o ella mismo/a, poder valorizar y vibrar “reivindicando el espejismo de intentar ser uno mismo” (trabajar el conocimiento personal y la autoestima ), porque solo ello permite empoderase, tener el poder y dominio sobre sí mismo, saber lo que se desea y ponerse en marcha con energía  para hacerlo, recuperar quizás aquel hobby tan insignificante que parecía no tener más valor que ser solo eso, un pasatiempo, y ponerlo a trabajar para generarme un empleo. Porque la energía, la motivación o lo que en psicoanálisis llamamos deseo, solo es posible si estoy conectado con mi ser auténtico, o más bien si soy, si me logro recuperar de ese Otro (convenciones o exigencias “adaptativas” sociales excesivas) en quien me había perdido. Lugar de máxima libertad subjetiva, de encuentro y permiso para la  diferencia, para que cada quien sea lo que es, y por tanto haga acorde a su ser. 

Ello daría lugar a que muchas más personas pudieran re-ubicarse socialmente, auto-emplearse, auto-regenerarse  pues no sucederá, como temía una persona a quien le hacía este planteamiento, que nadie va a querer limpiar o hacer otras tareas que ella suponía horribles, ni habrá superpoblación en las profesiones que más se desean, ya que cada cual podrá  reinventarse un lugar único entre los intersticios que el sistema no cubre, y que nunca cubrirá totalmente. Siempre habrá alguien en cualquier oficio o profesión que si da rienda suelta a su ser (para lo cual se requiere un nuevo modelo de ayuda e intervención piscosocial), y esto es,  a su creatividad, estará en condiciones de hacer algo de manera única, y aunque a veces la diferencia entre el hacer de unos y otros pueda parecer mínimo, ese mínimo tendrá siempre un valor diferencial que permitirá otro tipo de crecimiento personal y social diferente al que se ha buscado hasta ahora. Así que se trata de hacer valer la diferencia.

Y a esas personas que quizás no les interese más ocuparse de lo que nadie aparentemente querría hacer (como era limpiar para esta amiga), quizás la libertad les permita crear algo que supla el tener que ocuparse de hacerlo. Una persona interesada en la limpieza (modo de goce que se  asienta en el erotismo anal como decía Freud),no solo tiene que canalizarlo limpiando , puede hacerlo intentando crear mejores detergentes o artilugios que faciliten la misma, desarrollando una línea de productos de limpieza que respeten la naturaleza, canalizándolo hacia el arreglo y cuidado de parques naturales, o aún también limpiando casas,¿ por qué no?, hay gente que le gusta hacerlo.

También he de agregar que para crear este tipo de sujetos que un nuevo modelo social requiere, se necesita urgentemente cambiar la educación, salirse de ese modelo que sigue siendo autoritario, discurso del Amo y Universitario diría Lacan, donde aún el saber y las directivas de lo que hay que saber, el cómo, el ritmo y la manera (fundamentalmente repetitiva y teórica), las sigue determinando el maestro o “los expertos” que no dejan de auto-encumbrarse en las diferentes áreas del conocimiento en la actualidad, que a su vez cumple con planes que a veces parecen  estar hechos por gente que no sabe nada de una educación ni de una psicología que respeten el ser de la persona (“Educar para ser” dice la educadora alternativa Rebeca Wild en su maravilloso libro). Se necesita un modelo educativo donde lo pulsional, o sea  la forma de gozar de cada sujeto sea considerado: no reprimido en exceso (o que la represión no se la vía única para su tratamiento sin dar alternativas), ni tampoco subsumido a una única forma de goce posible (el consumo sin freno), favorecer en esa alternativa posible a la sublimación de lo pulsional, de  forma tal que se de lugar a un "saber hacer" (praxis o sea encuentro entre la teoría y la práctica, también entre lo intelectual y afectivo), que tenga en cuenta esa diferencia, para que la persona pueda aprender "con" y desde las entrañas, o sea, con y desde lo afectivo. Que el que aprende sea un sujeto afectado por el aprendizaje, motivado, sujeto de deseo, y no como ahora sucede con muchos estudiantes y personas que aún teniendo su trabajo, se aburren y están precisamente faltos de deseo, desmotivados, deseando que llegue la hora de “borrarse” de lo impuesto por Otros para poder ser un poco ellos mismos.


Cuando no se respetan las diferencias, sino que se las borra homogenizando  tanto a los alumnos como a los trabajadores, cuando ese aporte diferencial de cada uno no se tiene en cuenta, y a la persona se la obliga a adaptarse a lo que el Otro estipula cercenando su "ser" una y otra vez (lo que a él le interesa de eso que se está abordando, lo que él quisiera hacer o la manera en que quisiera hacer, etc.),el sujeto reprime su interés respecto a ello, y una parte de sí, -la más importante porque es el caldero pulsional de donde surgiría toda creatividad posible-, muere. El sujeto deviene en mayor o menor medida un robot automatizado, que “más o menos va llevando” su vida educacional y/o laboral para conformar al Otro social (padre, maestros, empresario, Estado), rindiendo bajo mínimos a veces, implicándose un poco más quizás también a veces, cuando por ahí el Otro deja un pequeño resquicio a la libertad del alumno o del trabajador y permite que una chispa fugaz(fugar) del prisionero prenda e ilumine, aunque solo sea por unas horas o un día, el recinto de la escuela o el comercio (es que ya casi  no hay fabricas!!). 

O quizás a veces, esa chispa de vida y creatividad de la persona asoma inesperadamente, tomando a todos por sorpresa( por ejemplo cuando el maestro dice: ¡Fulanito hoy si has estado ¿acertado, despierto, atento, feliz?; yo diría feliz . El niño debería decir: ¿no será más bien que esta vez  usted sí – suspiro, ¡al fin!- , me ha sabido escuchar y dar lugar a lo más diferente (propio) en mí?).

Aunque ese estado solo es posible de parte de los más osados, los  sobrevivientes que aún conservan agazapada la fuerza para luchar, y que como soldados de su sí mismo, atentos al momento de  claudicación del control del Otro, aprovechan un mínimo tropiezo, titubeo o distracción  del mismo, para por esa brecha  hacer asomar la propia chispa , esa, la del deseo (que es la verdadera chispa de la vida y no la Coca Cola, como nos han vendido),  burlando al fin aunque sea ocasionalmente, la censura de toda diferencia.

Anabella Rodríguez.